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Tokenizar sin Derecho: El Intrusismo que Mata Proyectos

Tokenizar sin Derecho, El Intrusismo que Mata Proyectos

Antonio Tejeda Encinas | Abogado | CEO Meta Channel Corporation

Hay algo que se repite con demasiada frecuencia en el discurso actual sobre tokenización y activos digitales, especialmente en LinkedIn, y que merece ser dicho sin estridencias ni ánimo correctivo, pero con claridad. Cada vez se habla menos de tecnología por parte de quienes vienen de la tecnología, y cada vez se habla más de Derecho. No como reconocimiento de dependencia, sino como ocupación del espacio.

No es un fenómeno casual. Tampoco es necesariamente malintencionado. Es, más bien, un síntoma de maduración incompleta del sector.

Durante años, la ventaja competitiva estuvo en dominar la capa técnica. Blockchain, smart contracts, automatización, escalabilidad. Eso diferenciaba. Hoy ya no. La tecnología sigue siendo necesaria, pero ha dejado de ser suficiente. En cuanto el discurso intenta salir del entorno experimental y dirigirse a inversores, a empresas reales o a patrimonio tangible, aparece una evidencia incómoda: sin estructura jurídica no hay activo, no hay transmisión, no hay financiación y no hay ejecución posible. Y eso desplaza el foco.

El problema no es que se mencione el marco legal. El problema es cómo se hace y desde dónde se hace. Una cosa es reconocer que una operación necesita arquitectura jurídica previa. Otra muy distinta es hablar como si se dominara esa arquitectura, dar explicaciones normativas, anticipar encajes regulatorios o sugerir soluciones jurídicas sin tener ni la formación ni la responsabilidad que eso implica. Ahí no hay integración disciplinar. Hay confusión.

En operaciones reales, el Derecho no es una narrativa tranquilizadora ni una capa decorativa para que el inversor se sienta cómodo. Es la infraestructura que decide si lo que se propone existe jurídicamente, si es transmisible, si es oponible a terceros y si puede sostenerse frente a un regulador, un banco o un juez. Por eso el orden natural nunca es “tokenizamos y luego vemos”. El orden es otro: primero qué se quiere hacer, después si eso es jurídicamente posible y bajo qué configuración, y solo entonces qué instrumento se utiliza, sea tokenización u otro vehículo más clásico. La tecnología ejecuta. El Derecho define.

Cuando ese orden se invierte en el discurso, aunque no siempre en la intención, el mercado se contamina. El lector recibe señales contradictorias. Parece que la tokenización sea el destino inevitable y que el análisis jurídico sea un trámite posterior. Y eso no solo es incorrecto, es peligroso. Genera expectativas que no se sostienen, proyectos que no sobreviven al primer filtro institucional y una sensación creciente de humo sofisticado que termina pasando factura a todo el ecosistema.

La paradoja es que muchos perfiles técnicos hablan de Derecho precisamente porque intuyen su centralidad. Saben que el inversor serio no decide sobre una demo técnica, sino sobre una estructura. Y en lugar de apoyarse en quien domina esa capa, intentan ocuparla discursivamente. No porque sepan más, sino porque saben que ahí está la llave. El resultado no es liderazgo, es intrusismo retórico. Y el mercado lo percibe, aunque no siempre sepa explicarlo.

La verdadera madurez del sector no llegará cuando todos opinen de todo, sino cuando cada disciplina ocupe su lugar con naturalidad. Cuando el tecnólogo no tenga que aparentar que sabe de Derecho, y el jurista no tenga que disfrazarse de evangelista tecnológico. Integración no es transversalidad impostada. Es arquitectura con roles claros, responsabilidad definida y criterio estructural.

Por supuesto, hay excepciones: perfiles o equipos que combinan formación técnica y jurídica real, no impostada, y que pueden navegar ambos mundos con autoridad. Pero como norma general, el intrusismo solo genera confusión y expectativas falsas. Si se necesita esa integración, mejor recurrir a quienes la dominan de verdad, sea a través de colaboraciones o estructuras híbridas sólidas. Al final, el liderazgo real, en este contexto, no lo da ni el código ni la cita normativa. Lo da la capacidad de construir algo que exista de verdad, que pueda financiarse, transmitirse y sostenerse en el tiempo. Todo lo demás es ruido. Y el ruido, tarde o temprano, deja de convencer.

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